Adam Gallardo

Adam Gallardo

  • Relatos cortos
  • 2 capítulos

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Alguien que solo pretende indagar en lo potencial mas allá de las convenciones y de los rebuznos de los que se creen sabios. Alguien que...

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Descripción

Salió detrás del tacho donde estaban los desechos, y desde la vereda hizo una afinada revisión: Adam Gallardo supuso que los autos quedarían detenidos al verlo, y así lo hizo un taxi de puertas negras y techo amarillo. Porque la fuerza de su espíritu consistía en recrear a lo inmóvil. En ese hombre afloraban poderes metafóricos frente a los observadores incomprensivos o atónitos de esa realidad que les soplaba en la cara. Se hacía ver n una punta de la ciudad sin apelar a violencias ni denuncias, y señalando cuales eran los límites de las cosas. Los autos frenaban inmediatamente apenas giraban, y él se exponía a esa fonética atención en forma crónica sin depender de la legislación o la política o del desarrollo de lo racional. Andaba como un señor plagado de impulsos generosos, comparando lo bello con lo fantasmal, decía no ser un esclavo ni contentarse con la esclavitud. Adam tenía la entereza de lanzar un epíteto sereno y afirmar que de Dios proviene la Aniquilación (eso más que un desafío era una exigencia que generaría nuevas coordenadas en el pensamiento). Era una historia que no cesaba de evocar y celebrar, adelantándose a aquello que pensaran los que se creían inocentes, por cierto, les reseñaba buenos ejemplos en cada encrucijada. Sus herramientas eran palabras encuadradas en geniales intuiciones, paradojas que oscilaban entre lo extremo y lo estilizado, y también sensatos garabatos que, si bien los escribía sobre arenas además los conservaba en su memoria (esta era mayor que cualquier volumen que testimoniara todo lo que había pasado). En la calle algunos se alejaban de él con regresivo estupor o cruzaban a otra vereda cuando su presencia era inminente, ya que no querían aventurarse en un aprendizaje que les hiciera perder a la literalidad para encontrar los sentidos originarios de las cosas; sólo querían tener conciencia de sí mismos y del tiempo que les demoraría el viaje en el subte. Mientras recorrían las alturas numéricas de esa avenida no querían saber nada de las profundidades del conocimiento, y preferían seguir encadenados a sus cómodas ignorancias. No se dejaban cautivar por la elegancia desplegada por Adam, al que imputaban ser un sujeto de las alcantarillas antes que del mundo… Por eso se empeñaban en ignorarlo hasta el fin. Evidentemente no comprendían que había un sabio detrás del que en apariencia era un monigote; un individuo cuya gravitación producía alteraciones únicas en el universo. Él sacaba conclusiones de las paradojas y sabía leer lo que estaba escrito en los cielos; recordaba a lo que debido a una multiplicidad de aflicciones los demás habían olvidado. Registraba lo que pasaba desde afuera mientras se frotaba la cara con aguas mágicas que sacaba de una fuente. Cuento, 23 páginas. .

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