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Cómo crear un antagonista (I)

Cómo crear un antagonista (I)

Muchos lectores se enamoran de los malos malísimos de una historia… ¿Por qué? Vamos a hablar de esta tipología de personajes durante varios artículos. En esta primera entrada compartiremos cuatro nociones generales para que reflexionemos a un nivel superficial. ¿Preparados?

Siempre que nos planteamos crear personajes pensamos en gran protagonista, con una gran profundidad, personalidad magnética, con un objetivo definido y un conflicto muy bien pensado. Pero toda trama necesita opositores que obstaculicen los objetivos de esos personajes: son los villanos, también conocidos como antagonistas.

Cuando oímos la palabra villano lo primero que nos viene a la cabeza es un personaje malvado, sentado en un trono oscuro y conspirando para dominar el mundo. O quizá un frío y calculador asesino. Pero no tiene por qué ser así.

Es cierto que la palabra villano viene del mal (en la edad media se creía que la pobreza era un castigo divino a la maldad, y que las clases más desfavorecidas –los villanos- eran malvados), sin embargo en una novela romántica, ese rival que luchará por el corazón de la amada del protagonista puede ejercer de villano sin que este sea necesariamente una mala persona.

 

El villano es un personaje

Ante todo hay que tener en cuenta que los villanos son personajes, por lo que cualquier consejo o estrategia de creación de protagonistas nos valdrá a la hora de crear un malvado, como las clásicas fichas de personajes.

Si construimos un villano en el sentido clásico, es decir, el malo de toda la vida, debemos cuidar que este no sea tan excesivamente maligno que no resulte creíble. Lo mejor es darles algunas cualidades que les hagan redimibles a ojos del lector. Por ejemplo, en El Señor de los Anillos se hace referencia a que Sauron se arrepintió de sus actos en el pasado, antes de volver a las andadas, seducido por su propio poder, e intentar conquistar la Tierra Media. Los malos no lo son 24/7, deben tener sus momentos de humanidad.

La literatura contemporánea ha acostumbrado al lector a buscar algo más que personajes planos y sin matices. Que los antagonistas tengan un pasado complejo, motivos para actuar como lo hacen e incluso buenas intenciones mal canalizadas son ahora condiciones imprescindibles en esta tipología de personajes.

 

 

Ser malo no es un hobby

Como acabamos decir, la maldad innata es una tendencia arcaica. Debemos tener en cuenta que los antagonistas, generalmente, no se ven a sí mismo como tales y, de hecho, podrían ser los protagonistas de su propia historia. Es muy importante que tengamos claro qué quiere nuestro villano. Por ejemplo, sus objetivos podrían ser acabar con el sufrimiento erradicando a la humanidad. Desde su punto de vista estaría evitando angustia, que por el camino se extinga la humanidad sería... bueno, un daño colateral. Obvio, es un ejemplo extremo, pero podemos extrapolarlo a las pequeñas cosas de la vida.

Un aspecto importante a la hora de crear villanos consiste en no dejarnos llevar por nuestra ideología. Para bien o para mal, no caigamos en la trampa de convertirlos en la viva imagen de todo lo que no nos gusta. Dejemos que crezcan, que fluyan, que tomen sus propias decisiones y piensen lo que deseen. Como apuntan Howard Mittelmark y Sandra Newman en Cómo no escribir una novela: “por favor, no tengas ningún empacho en que tu malvado sea un facha, un adolescente maleducado o un vehemente sionista, pero evita dar la impresión de que ésas son precisamente las características que hacen de él un malvado”.      

 

 

 

 

¿Hasta dónde es capaz de llegar el villano?

Es importante que establezcamos desde un primer momento hasta dónde es capaz de llegar nuestro villano para cumplir sus objetivos. ¿Por qué? Sencillo, eso ayuda a crear las reglas diegéticas y a que nuestros lectores establezcan sus expectativas sobre el personaje.

Por ejemplo, si una rivalidad laboral más adelante se va a convertir en algo mortal, debemos apuntar pronto que nuestro antagonista sea capaz de asesinar y que no se va a limitar a criticar a nuestro protagonista delante del jefe.

Tengamos en cuenta, también, que el nivel de maldad debe ir acorde con el tipo de novela que estamos escribiendo. Así, en una novela romántica, el villano puede ser el hijo de un ricachón, pedante, arrogante y clasista, pero una escena en la que torture a un cachorrito seguramente esté fuera de lugar.

 

Cuando el villano no es un personaje

Hemos dicho al principio que el villano es un personaje... pero puede que no lo sea. Un apocalipsis zombie, un virus o fuerzas de la naturaleza como un meteorito que va de cabeza contra la Tierra pueden ejercer de villanos. Incluso, en Rebecca de Daphne du Maurier, y exquisitamente adaptada al cine por Hitchcock, vemos como este rol lo ejerce un recuerdo, el recuerdo idealizado que guarda Maximilian de su primera esposa.

Si queremos publicar una novela, los editores se fijaran en detalles de la trama como la función del antagonista y sus servicio a la trama. No nos quedemos en la superficie al escribir nuestra novela: dejemos que todos los personajes crezcan.

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